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No me toquen los motores

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La Fórmula 1 ha pasado de ser un deporte minoritario que pasaba casi desapercibido en la parrilla televisiva, a convertirse en un gran espectáculo deportivo y mediático, capaz de atraer a nuevos seguidores y potentes patrocinadores. He de reconocer que este deporte, al igual que a la mayoría, me enganchó con la llegada de Fernando Alonso, por lo que soy un recién llegado y, aunque me apasiona, no me considero ni mucho menos un gran entendido en la materia. Por tanto, mi post de hoy está escrito desde la piel del aficionado… quizás un tanto visceral, pero sin perder la perspectiva.

Esta es la primera vez que hablo de Fórmula 1, pero seguro que no será la última. Y es que para los que disfrutamos del marketing y del deporte, la Fórmula 1 es como cuando de niño te llevaban al parque de atracciones: se presentaban tantas formas de pasarlo bien que no sabías por dónde empezar.

Con la gorra del marketing, podríamos hablar de la competitividad entre ‘Miuras’, que enseñan músculo cuando se trata de patrocinio (Red Bull, Movistar, Vodafone, Santander…), y si hablamos de patrocinadores provenientes del Golfo Pérsico, podemos hacernos una idea de la dimensión (Fly Emirates, Etihad o Gulf Air). También podríamos hablar de producto, y de cómo cada escudería lucha cada temporada para tener el mejor coche, de la feroz competencia que existe entre marcas, fichando a los mejores ingenieros a base de talonario, o de cómo un piloto como Fernando Alonso puede provocar que cada domingo haya millones de españoles pegados al televisor, y que hayamos aprendido ‘palabrejas’ como blistering, graining, safety car o pit stop, entre otros. También podríamos hablar del importante papel que juegan los medios de comunicación, o de cómo este deporte está atrayendo a grandes magnates de países árabes. Al igual que se ha puesto de moda entre jeques el tener un equipo de fútbol a modo de hobbie, es cuestión de tiempo que surjan escuderías financiadas a golpe de talonario por este perfil de inversores.

Pero no. Espero no pecar de excesivo fanatismo, pero hoy me apetecía hablar desde la perspectiva del aficionado/cliente. Cliente insatisfecho por un producto al que han quitado la esencia que lo diferenciaba de los demás. Cierto que para ser cliente tiene que haber un acto de compra, y que la Fórmula 1, en España aún se puede ver gratis, pues la paga la publicidad. Pero Movistar acaba de entrar con un modelo de pago, que acabará imponiéndose como lo hizo el modelo del fútbol televisado cuando a todos nos parecía imposible que hubiera que pagar por ver partidos en la tele.

Por tanto, hay que imaginar que, a pesar de no haber transacción económica, yo soy un cliente y supuestamente he pagado por un producto, que en este caso es ver una carrera de Fórmula 1… o mejor dicho, un mundial de Fórmula 1.

Como cliente, compro disfrutar de un espectáculo deportivo. Y lo he comprado porque me ofrece algo que otros espectáculos no me lo dan, simplemente son diferentes. Compro sentir emoción, ver coches compitiendo, disfrutar de monstruos de 900 caballos de potencia al límite, pilotos jugándose el tipo en cada adelantamiento, equipos de ingenieros pasándolas canutas desde sus puestos de control, comentaristas narrando emocionados las gestas de Fernando Alonso…

La semana que hay gran premio, los amantes de este deporte la vivimos de otra manera. Como que todos los problemas se suavizan porque…el domingo hay carreras. Y se vive la semana como una gran cuenta atrás que, a medida que se acerca el fin de semana, vas sintiendo una especie de emoción y cosquilleo por lo que se acerca.

Siempre he escuchado eso de que “cuando algo funciona, mejor no tocarlo”. Y es verdad. Estamos hablando de carreras de coches en su máxima expresión. Pilotos y coches al límite, porque este deporte ha sido y es así, y es lo que el espectador quiere ver. Yo quiero sentarme ante el televisor el domingo y sentir el rugido de los motores y a los pilotos exprimiendo toda su potencia, porque esa es la esencia de este espectáculo.

Pero a partir de este año, no es así. Una revolución en las normativas, buscando básicamente la economía y la ecología en un deporte en que los costes para mantener una escudería son brutales, y ya no hablamos de si se pretende disputar el mundial con cierta garantía. Además, coches de 900 caballos a 330 km por hora quemando gasolina y neumáticos no es el mejor ejemplo de ecología. El resultado: el mundial 2014 pasará a la historia como el del gran cambio…a mal. Cierto que cada temporada siempre había novedades a las que el espectador medio debía acostumbrarse, pues el 99% tenían que ver con aspectos técnicos de los coches, pero todos estos cambios lograban mejorar el espectáculo y nunca se perdía la esencia del mismo. Pero el 2014 nos ha traído un gran cambio en los motores de los coches, pasando a motores turbo, menos gastosos y combinados con un motor eléctrico, acabando con una de las esencias que hacían atractivo este deporte, este producto, puesto que los coches no rugen como antes y pierden potencia y velocidad.

(Comparativa de sonidos 2013 y 2014)

Es como si ahora en el fútbol se decidiera acortar los partidos y poner tiempos muertos para descansar… no señor. Yo quiero ver a 22 jugadores al límite de sus posibilidades durante 90 minutos. No he comprado un producto light, sino un producto al más puro estilo del circo romano, sin límites.

Otra consecuencia que ha provocado el cambio en la normativa es la referente a la limitación de combustible en los depósitos, lo que provoca que los pilotos deban gestionar eficientemente el carburante que llevan si quieren acabar la carrera, lo que provoca que en ciertos momentos deban levantar el pie… ¿estamos locos? Una carrera de coches en la que los pilotos deban “no correr” es una anticarrera.

Todo esto por no hablar de que los pilotos cada vez tienen más temas que gestionar desde su volante, lo que prácticamente les convierte en súper hombres que ya no sólo tienen que preocuparse de apretar el acelerador, sino que además deben gestionar el reparto de frenadas, los distintos mapas de potencia en función de cómo vaya la carrera, la eficiente gestión de los neumáticos, utilización del DRS para ganar velocidad en adelantamientos, hablar por radio con sus ingenieros, hidratarse debidamente, controlar temperaturas… y mucho más.

Si ya es difícil para los pilotos gestionar todos los parámetros, más aún es para los comentaristas y expilotos colaboradores explicarlo, y para el espectador medio, intentar entender todo lo que ocurre en una carrera de Fórmula 1 se vuelve cada vez más complicado. El resultado es que el espectador “normal”, que ya se había acostumbrado a distinguir entre un neumático blando, medio y duro, o a para qué sirve el DRS, ya se aburre con tantas novedades que nunca llegará a entender.

Todo lo anterior se agrava si tenemos en cuenta que estábamos acostumbrados a que el mundial se decidiera en la última carrera y con Fernando Alonso como co-protagonista del emocionante final. En los últimos años las carreras se han vuelto muy monótonas por la aplastante superioridad de la escudería Red Bull, cuyos ingenieros han sabido diseñar una máquina con una excepcional aerodinámica, aspecto clave en un deporte en el que el coche es más del 50% en relación al piloto.

En términos de clientes, el producto ya no es atractivo porque se ha intentado evolucionarlo en una dirección incorrecta, ya que se han alterado los atributos y valores que lo caracterizaban y por lo que el cliente se había sentido atraído. En un negocio es fundamental captar nuevos clientes, sin ellos no habría nada. Pero es aún más importante no perder a los clientes que ya tienes, porque los tienes ya fidelizados. Y si estos se marchan, difícil que vuelvan.

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